La elección del primer producto determina el resultado más que cualquier decisión posterior de negociación o logística. Y la mayoría se equivoca en la misma dirección.
Eligen lo que les gusta, no lo que funciona
Es el error de partida. Antes de enamorarse de un producto conviene hacer un cálculo de media hora: coste desembarcado estimado frente a precio real de mercado. Eso descarta la mayoría de ideas sin gastar un euro.
El valor por metro cúbico manda
Es el criterio que más determina la rentabilidad. Un producto barato y voluminoso paga tanto flete que el margen desaparece antes de empezar, y es el error de cálculo más común entre quienes se inician.
Evita las variantes al principio
Tallas, colores y gamas multiplican el pedido mínimo y el riesgo de stock desequilibrado. Una o dos referencias concentran la inversión y permiten alcanzar mejores escalones de precio, como explico en el pedido mínimo.
Y evita la estacionalidad en el primero
Comprime la ventana de venta y castiga cualquier error de plazo, que en una primera importación son bastante probables. Un producto con demanda estable te da margen para equivocarte y corregir sin perder el año.
Sin competencia no siempre es buena señal
A veces un producto no tiene competidores porque no tiene demanda. Comprobar qué se vende ya, en qué volumen aparente y a qué precio es más informativo que buscar un hueco vacío, y conecta con saber si un producto está saturado.
Deja lo muy regulado para después
Producto sanitario, alimentario o eléctrico con muchos registros no son malas categorías: son prematuras. Consumen tiempo y capital antes de la primera venta, cuando lo que necesitas es validar que sabes vender.